viernes, 20 de abril de 2007

DELPHI el mar no cesa


Mucho se ha escrito esto días y se seguirá escribiendo sobre el cierre de la planta de DELPHI en Puerto Real(Cádiz).

Vayan por delante mi solidaridad con los trabajadores de DELPHI, y mi demanda a las instituciones (de cualquier nivel) de soluciones para la penosa situación que el cierre de esta empresa acarreará a todas las familias de los trabajadores. Y pido el auxilio de las instituciones porque a mi entender ellas son las principales responsables de la situación que ahora vivimos.

DELPHI tiene una relativa importancia en el escenario industrial de la Bahía de Cádiz empleando a 1.600 personas, de los 54.000 trabajadores industriales que existen en toda la provincia. Pero su caso es particularmente sensible ya que Cádiz sufre uno de los índices de desempleo más altos de la UE15, el 13,8%(aunque a principios de los noventa llegó a tener un 26% de paro); y la comarca, con unos 700.000 habitantes distribuidos en 13 municipios, ha sido castigada por las sucesivas reconversiones navales de Navantia(antiguos Astilleros) que de emplear a más de 12.000 trabajadores a finales de los 70, ocupa apenas a 2.500; Dragados, Altadis y seguramente en el futuro EADS, son otros casos de crisis industriales que destruyen empleos y acaban con la paciencia de sus gentes.

Estamos una vez más ante los efectos devastadores que las "deslocalizaciones" provocan en tejidos industriales poco desarrollados como el nuestro (y cuando digo nuestro me refiero a Andalucía). Pero todo esto no es más que la crónica mil veces repetida del suceso, el relato y descripción de los síntomas de una enfermedad larga que no acaba de curarse. Pero lo importante es el diagnóstico, el análisis de qué ha podido fallar.

Es muy fácil y efectivo apuntar a la empresa y al despiadado capitalismo(se ha hecho desde instituciones públicas, partidos políticos, sindicatos, etc) como los principales responsables. Sin duda que tienen una gran parte de culpa y que deberían cumplir con la ley, pero esa culpa no debería encubrir otras que de cara al ciudadano de un país democrático y moderno, son incluso más importantes. Porque al fin y al cabo el resto de ciudadanos no podemos exigir a DELPHI nada, más que el ya enunciado cumplimiento escrupuloso de la legislación en materia laboral y concursal.

Sin embargo, las instituciones públicas tienen una grave deuda contraída con la ciudadanía a la que tienen la obligación de explicar en concepto de qué se concedieron las multimillonarias subvenciones a esa compañía. ¿Qué propósito tenía esa "lluvia" de millones de euros? No es difícil de adivinar.

En ausencia total de un plan industrial para la zona, se dedicaron a fomentar un "espejismo", hicieron creer a todas esas familias que ahora se ven engañadas y traicionadas, que había un futuro viable para una industria auxiliar del automóvil en este alejado rincón del sur de Europa. Y además de alejado, olvidado, porque aún hoy sigue necesitado de infraestructuras de transporte, comerciales y tecnológicas capaces de dar soporte a una actividad económica importante. Y para conseguir mantener la empresa en esa zona, nada mejor que el dulce baño de millones que estuvieron proporcionándoles durante años.

Por tanto, los ciudadanos estamos doblemente defraudados. Por una parte en nuestros anhelos de que se mantuvieran esos empleos y por otra en nuestros bolsillos, porque una importante parte de nuestros impuestos acaba en manos de desaprensivos gracias a la política del clientelismo y la subvención indiscriminada.

Creer que DELPHI no se iría, es como creer que el mar se parará algún día. La realidad es que el mar no cesa y que las leyes del mercado son inexorables. Países con menores salarios y protección social, y con una cualificación de la mano de obra similar a la nuestra, irán progresivamente acogiendo las distintas factorías de las multinacionales que acudirán al reclamo de un mayor margen de beneficios. ¿Quién puede oponerse a esto sin caer en la hipocresía o en vagos planteamientos irreales? Lo peor de todo es que no podemos seguir diciendo a nuestra gente que somos de primera y que Andalucía es imparable. Para decirles esto deberíamos proporcionar una educación también de primera, formación profesional de calidad y promover e incentivar actividades en áreas de alto valor añadido, en las que los países emergentes tienen más dificultades en competir.

Si el dinero que gastaron nuestros "administradores" en "convencer" a esos directivos de las excelencias de Puerto Real para sus propósitos industriales, lo hubieran gastado en crear las necesarias infraestructuras; quizá hoy no estaríamos hablando de este cierre como el apocalípsis para la zona, ya que otras muchas pequeñas y medianas empresas aprovechando las potencialidades locales y los recursos existentes gozarían de un fenomenal trampolín para sus actividades creando durante estos años centenares por no decir miles de nuevos puestos de trabajo que hoy no existen.

De nuevo la historia se repite, y los fariseos (léase ministros, consejeros, presidentes autonómicos, etc...) se rasgan las vestiduras, cuando han sido ellos mismos los culpables por activa y por pasiva, de la situación.

Mientras, los ciudadanos seguimos sufriendo a esta pandilla de vendedores de humo, de trileros, de diestros tahúres que una vez más pretenden lavar sus miserias y errores con las lágrimas y el sudor de la gente de bien, trabajadores. Pretenden que sigamos creyéndoles, que sigamos callando y que al final sigamos votándoles.

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